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Cuento a partir de: nubes, almíbar y añil

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ARTEMISIA

Las pinturas esperan ordenadas pulcramente sobre la paleta de madera descolorida.

Le gusta ese momento, justo antes de empezar a mezclar los colores puros, a convertirlos en algo diferente. Le gusta el blanco inmaculado de la tela, tensa sobre el bastidor de madera, la promesa de belleza que representa. Le gusta aspirar el perfume intenso de los oleos, imaginar en que se transformarán al mezclarlos, al aplicarlos sobre el lienzo.

Le gusta como suenan los nombres de los pigmentos.

Carmín de garanza.

Negro marfil.

Tierra de Siena quemada.

Verde cinabrio.

Amarillo Nápoles.

Azul Prusia.

Añil.

El mar de su sueño, anoche, era azul añil. No existen mares de ese color. No que ella sepa. Pero el de anoche lo era. El cielo, en cambio, era de un azul ultramar, como para llevar la contraria, como si se estuviese riendo de ella. Estaba punteado de nubes blancas que se reflejaban en el mar imposible.

Despertó con ganas de pintar.

Aunque ahora ya no está segura de que sea ese mar lo que desea pintar. Es demasiado hermoso. Le da miedo que, cuando salga de su cabeza, cuando abandone su sueño y se convierta en realidad ya no sea su mar. Prefiere guardárselo para ella sola. Un rincón secreto, escondido, al que poder huir cuando la tristeza y el dolor la persigan.

Además, poco después de despertar han vuelto los recuerdos.

El hombre grande de la barba áspera. El que apestaba a sudor, y a vino rancio, y a aceite de linaza. El que reía mientras le aplastaba los senos con sus manos bestiales, pesadas y duras. El hombre que jadeaba descompasadamente mientras la penetraba a la fuerza, su aliento caliente y húmedo en el cuello, su lengua como un insecto monstruoso dentro de la boca. Su barba áspera. Sus manos bestiales. Su peste a sudor, a vino rancio, a aceite de linaza…

Deja el pincel en suspenso entre el añil y el cobalto, tragándose las lágrimas, luchando por no ahogarse en aquel mar de rabia que ya no es añil, sino rojo, rojo como la sangre, rojo como el odio.

Bermellón.

Lo odia. No por la violación. No es solo eso. Lo odia por haberle robado el mar, por arrebatarle el añil, y aquel amarillo dorado, el amarillo indio, que siempre le hacía pensar en el sol de verano, y en el almíbar que su madre utilizaba para endulzar la fruta, cuando ella era pequeña.

Ahora solo puede pensar en rojo.

Bermellón.

Laca geranio.

Carmín de garanza.

Quinacridona…

Rojo sangre.

Artemisia hunde el pincel en un marrón oscuro como sangre reseca, y aplica las primeras pinceladas  sobre la tela. Un fondo pardo, lejos de la luz y el azul del mar de su sueño.

Sobre el fondo de sangre seca estará Judit.

Judit decapitando a Holofernes.

Artemisia acabando con su agresor, con su barba áspera, y sus manos bestiales, y su peste a sudor, a vino rancio, a aceite de linaza.

Y la sangre, muy roja, salpicándolo todo con su belleza salvaje.

Carmín de garanza…

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