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Cuento a partir de : puerto, menta, veneno.

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EL REGRESO DEL PIRATA

Había superado muchas tormentas en alta mar que se reflejaban en su rostro, de facciones duras, surcado por el perenne transcurrir de días y años. Demasiados años.

 

Desembarcó en el puerto de donde partió en su juventud,  con el odio por petate. Dejó zarpar su barco. Había decidido cambiar de rumbo. Por una vez, sólo una, quería pisar su tierra.

 

En tierra sus piernas se tambaleaban al son de  las primeras dudas. Paró en una taberna donde unos vinos las disiparon. Recorrió el camino a pie, como aquel día. El paisaje había cambiado; la carretera era más amplia y el tráfico abundante. Las casas esparcidas por el campo se habían acercado y el  horizonte, verde entonces, estaba moteado de teja y blanco. A medida que  se acercaba le llovieron recuerdos relegados que le humedecieron los ojos. ¿Cómo había podido vivir tanto tiempo sin ella?  Desde críos crecieron juntos, vecinos como eran y con la amistad que unía a ambas familias… No podía ser de otra manera. Pero se la jugaron bien… se esperaron a que marchara a cumplir con la patria, un destino demasiado apartado le retuvo lejos veintiún largos meses, y cuando regresó ella estaba casada con su hermano, el primogénito. Él no tenía derecho a las tierras, ni a la casa pero habrían salido adelante, como tantos otros… Pero a él le arrebataron su oportunidad… y además debía respetar lo que sus padres habían convenido. ¡Eso, nunca¡ Nadie ni nada podía aplacar su rabia que cual veneno le devoraba. Nadie le dio una explicación y ella no se atrevía a mirarle a la cara que escondía tras su bebé. A él lo cogió por el cuello con sus manos… ¡Casi mata a su hermano! Pero no lo hizo. Decidió huir, alejarse; puso mar de por medio.

 

Al llegar, delante de la casa, se encontró a su madre al sol, en una silla de anea. Extremadamente delgada. El blanco de su cabello, recogido en un moño, resaltaba sobre su tez tostada. La abrazó con cuidado, por miedo a que su fuerza quebrara un cuerpo tan frágil.

 

—Tu padre me dejó hace tiempo.

 

Fue lo primero que le contó. De haber estado, se habría quitado la rama de menta que siempre llevaba en la comisura de los labios, le habría acercado el porrón de vino y le habría espetado un ¿y qué, todo bien?  como si se hubieran visto hacía una semana.

 

—Tu hermano está en las viñas, trabajando—añadió ella sin soltarle las manos y sin esperar respuesta—. También está solo. Ella murió joven, al poco de marchar tú. Bueno, tiene a Anita y a mí dando guerra.

 

Al oír las voces salió de la casa una mujer.

 

Él creyó soñar al verla. Por ella no había pasado el tiempo…

 

—Tú debes de ser el tío Ramón, el Pirata.

 

Él sonrió alejando los fantasmas. Era idéntica.

 

—¿Pirata? ¿eso te han contado? —recuperando el ánimo.

—La abuela me contaba, todas las noches, el cuento de un pirata que tenía tu nombre.

—No quería que le contara ningún otro.

 

Entre risas sucumbió a la profundidad del azul de su mirada, más bravo que un temporal en alta mar y supo que no volvería a huir.

                                                                                                         

Montse Villares

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