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Cuento a partir de: luz, intenso, caramelo.

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   ÍNDIGO

  Después de varios años viajando por todo el mundo, había conocido diferentes culturas; sus ojos habían visto nuevos colores, mirado las estrellas desde otras perspectivas, observado las incomparables luces del sol en otros lugares, contemplado un cielo blanco y gris; su piel había sufrido la fuerza de terribles vientos huracanados y suaves brisas marinas, se había grabado de distintas intensidades de frío y calor, se había empapado con desconocidas tormentas de agua, nieve y hielo, mudado su color del azul añil al marrón; sus oídos se habían desbordado con sonidos extraños e inimaginables y ensordecido con la muerte del silencio. Y después de haber saciado su curiosidad con el caramelo más dulce, sentía que era el momento de volver.

   El calor era asfixiante. Nunca pensó que su regreso fuera tan duro. Creyó que todo sería igual que antes, pero no, ¡el desierto ya no lo quería! Lo recibía con un calor intenso, una tormenta de arena que se había quedado atrás y sed, mucha sed. Su sentido de la orientación, antes agudo y perfecto, había dado paso a una sensación de incertidumbre y de pérdida. Así era como su hogar le demostraba su rechazo por haberlo abandonado durante tanto tiempo. Su viejo padre le pidió que no se marchara, que se quedara con ellos, que su madre lo echaría de menos, que él lo necesitaba para llevar el rebaño de cabras y camellos, que sus hermanos querían aprender de él las cosas importantes: a olisquear en el aire, a aguzar la vista, a escuchar el silencio, a orientarse bajo las estrellas... Ahora, ese sol que antes lo ayudaba a encontrar su camino también lo estaba castigando lanzándole con rabia sus rayos más abrasadores. El silencio y el infinito que tanto amó de niño, ahora se le hacían insoportables y pesados.

   A lo lejos le pareció ver a los Señores del Desierto, pero  no lograba distinguir si eran ellos, si era una caravana de comerciantes, o si se trataba de un espejismo. Su vista ya no era la misma, todos sus sentidos se habían dormido. Habían sido muchos años en paraísos que no eran el suyo, bajo techos de cemento, sin estrellas, sin sol y sin luna; muchos años sin poder disfrutar del color del mundo, aquel índigo intenso que desde su infancia se había impregnado para siempre bajo su piel.

   El cielo rosa, azul, rojo, amarillo y verde que de niño lo hacía tan feliz, ahora se tornaba amenazador. El sol empezaba a ponerse, el calor descendía y en menos de dos horas, comenzaría a hacer mucho frío. Pensaba en los hombres azules, su familia, que ya estarían de vuelta para sentarse junto al calor del fuego y para disfrutar de la compañía de los demás, acercándose los unos a los otros y tocándose como si no se hubiesen visto en mucho tiempo, mientras esperaban que el té comenzara a hervir. Y así quería ser recibido por los suyos, pero cada vez era un deseo más inalcanzable.

   Ya no se sentía hijo del desierto, ahora se sentía abandonado por lo que alguna vez tuvo, abandonado por su mundo, abandonado por sus fuerzas.

   El sol ya no brillaba, el viento soplaba más frío… y el espejismo le rozó la mejilla:

   —Hijo, es tarde, volvamos a casa.

 

   Y otra vez se sintió Tuareg.

 

María Gómez

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