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Cuento a partir de: salida, hiedra y sacudida.

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RIESGOS LABORALES 

 La salida de emergencia estaba bloqueada. No le sorprendió. Lo supo antes de intentar abrir la puerta, antes incluso de que sonase la alarma del simulacro de incendio.

Los odiaba. Odiaba los simulacros y odiaba a todos sus compañeros, y el sentimiento era mutuo, pero el día de hoy estaba siendo especialmente horrible.

Se levantó de buen humor, pero ya en el camino, se tropezó con una hiedra surgida de la nada en medio de la ciudad, cayó, y tuvo una seria lucha por recuperar su zapato derecho que quedó bastante arañado. Al menos nadie lo había visto. Ya cuando llegó a la fábrica y fue a por un café de la máquina, tendría que haber sospechado que todos estuviesen allí reunidos, pero necesitaba esa bebida; todos rieron como energúmenos cuando se quemó. Seguro que habían vuelto a retocar el termostato de la máquina ¡seguro! con el sobresalto se manchó la camisa de trabajo. Fue ese momento el que eligió su jefe para echarle bronca de algo con lo que él no tenía nada que ver. Después de la injusta reprimenda, le miró la mancha de café en su ropa, bajó la vista hasta su destrozado zapato y le lanzó una mirada que no necesitaba traducción: inútil. Sus compañeros encontraron la situación muy divertida, sobre todo, el que se libró de la regañina.

Cuando sonó la alarma ya se temía que algo pasaría si estaba cerca de muchos compañeros, por lo que después de que le empujaran, dejó que todos salieran corriendo.  Cuando por fin los perdió de vista, los siguió.

Y ahora estaba allí encerrado, pero sabía dónde había otra salida: la escalera de incendios de la planta de arriba, donde estaba el despacho del jefe.

Recorría la segunda planta cuando lo notó. Una tremenda sacudida movió todo el edificio. No perdió el equilibrio por alguna clase de milagro, si estaba en lo cierto aquello era un terremoto. ¡No podía ser! iba a morir por culpa de algún energúmeno que había atrancado la salida de emergencia.

Una de las paredes se desplomó, por suerte cayó hacia la calle, sino lo habría aplastado. Fueron unos segundos agónicos, pero aguantó estoicamente a que pasase.

Por fin aquel infierno acabó. Seguía vivo contra todo pronóstico. Tenía que conseguir salir de allí, no confiaba en que sus compañeros le buscasen ayuda, por lo que cruzó los dedos para que las líneas de emergencia no estuviesen colapsadas, y usó su móvil.

En pocos segundos llegó un cuerpo de bomberos que lo rescató. Miró sorprendido a su alrededor. No había nadie, ningún compañero, ni enemigo, ni nada, entonces alguien gritó. La pared que no le había aplastado a él había acabado con toda la plantilla de la empresa, jefe incluido. Parecía que habían intentado abrirle la puerta de emergencia cuando notaron el terremoto y no se dieron cuenta de que la pared se les venía encima. Sabía que debería sentirlo, pero teniendo en cuenta el día que llevaba, lo dejó para más adelante.

 

Antonia Gómez

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