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Biografía de Marguerite Yourcenar

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"Historiadora-poeta" y "novelista", como se definía ella misma, Marguerite Yourcenar, que también era traductora, ensayista y crítica, fue la primera mujer acogida por la Academia Francesa. Su obra, que sondea el pasado -familiar, mitológico o histórico-, ha obtenido un éxito mundial con Memorias de Adriano y Opus Nigrum cuyos protagonistas oscilan, como ella, entre el ansia de saber y la tentación de la carne.

 

En 1980 la Academia Francesa acogía por primera vez a una mujer. Una mujer cuyo verdadero nombre era Marguerite de Crayencour, nacida el 8 de junio de 1903 en Bruselas, de madre belga y padre francés. Antes de morir "con heroicidad femenina" a causa de una fiebre puerperal tras haber dado a luz a su hija, Fernande de Cartier de Marchienne, recomendó que no se le impidiera a la pequeña hacerse religiosa si así lo deseaba. Dedicándose a la literatura, Marguerite considera haber respondido al piadoso deseo de su madre. Michel, su padre, que más que un padre fue un pedagogo, un confidente y amigo, no era proclive a hacer entrar a su hija ni en una orden ni en cualquier orden. De este anticonformista heredará ella el placer de vagabundear que bien ilustra este adagio que nunca olvidará: "sólo se está bien en otra parte", y su gran cultura que comparte con ella, así como su biblioteca.

 

En 1919 financia a cuenta del autor El Jardín de las quimeras, un poema dialogado que había compuesto su hija sobre la leyenda de Icaro. Por aquel entonces Marguerite tiene sólo dieciséis años y no ha

puesto jamás los pies en la escuela, lo que no le impide aprobar el bachillerato. Padre e hija eligen juntos su seudónimo, Yourcenar, que es un anagrama del apellido. Su primera obra publicada por una auténtica editorial fue Alexis o el Tratado del inútil combate (1929), una carta de ruptura dirigida a una mujer por su esposo que confiesa preferir a los hombres. Un púdico texto corto que aboga, en la misma línea que el escritor André Gide, por la libertad de las preferencias sexuales.

 

Entre tanto ha muerto su padre en 1929, y la joven Marguerite va a conocer los años más intensos de su vida de mujer. Ama, escribe, y va de un lado a otro de Europa, una Europa donde se está fraguando la catástrofe sin darse del todo cuenta. Yourcenar es algo menos inconsciente que muchos otros. En El denario del sueño (1934) evoca un atentado fallido contra Mussolini por parte de una pasionaria revolucionaria.

 

 

Sentimientos peregrinos

Esos años estarán marcados por una pasión imposible hacia un hombre que no la ama y que, al igual que Alexis, prefiere a los hombres. Fuegos (1936) es producto de esta crisis pasional. Menos conocido que las obras maestras de su madurez, este poema en prosa mezcla la vida y los símbolos del amor absoluto, la evocación de los grandes mitos de Antígona, Fedra o María Magdalena con la lamentación personal del amor contrariado. Más tarde condenará este amor basado en el deseo, sentimiento poco honorable, habitado por la posesividad y el egoísmo.

 

Y comienza a separarse, a imagen del viejo pintor Wang Fo de Cuentos orientales (1938), que se evade en el mar de jade azul que su pincel acaba de trazar. Estos últimos relatos se inspiran de la literatura y del folklore de los Balcanes, de su adorada Grecia, y de Asia, a la que se acerca intelectual y espiritualmente. Ya ha encontrado en ella esa percepción del "yo incierto y flotante" que le concederá más tarde al emperador Adriano, ese sentido agudo de lo impreciso y del estado de paso.

 

El tiro de Gracia, escrito entre Capri y Sorrento en los albores de la Segunda Guerra Mundial, le permite ajustar sus cuentas y dar libre curso a toda la violencia que alberga en aquella época. En 1939, su vida da un brusco giro, a imagen de esa Europa que se agita. No le queda dinero, se acaba de declarar la guerra ¿qué hacer? "La carambola de azares y circunstancias" decidirá por ella. En 1937 había conocido y amado a Grace Frick, una americana con quien ya había pasado un invierno y que vuelve ahora a invitarla. Así pues, se va de Francia con la intención de pasar una temporada, y en realidad se quedará en América durante el resto de su vida.

 

Tras un periodo de práctica esterilidad literaria debida a la adaptación y también al dolor de esos "años negros" vividos en el exilio, Yourcenar se decide a vivir en inglés y a escribir en la que ahora será su verdadera patria, la lengua francesa. Convertida, con su seudónimo, en ciudadana americana en 1947 -solamente recuperará su nacionalidad francesa para entrar en la Academia-, se instala con Grace Frick, alternando la "vida inmóvil", en la soledad de la isla de Mount Desert (Maine) y los viajes, que espera con impaciencia. Deja de ser una mujer escritora para ser sobre todo escritora, una escritora a la que a veces acontece ser una mujer.

 

Este estatuto se lo debe sobre todo a Memorias de Adriano que, publicadas en 1951, disfrutarán de un éxito insospechado tanto en Francia como en el mundo entero. Desde la edad de veinte años Yourcenar había escrito y destruido varios bocetos de esta ambiciosa novela que hace revivir en primera persona a un emperador romano del siglo II y de la que no quedaba en 1949 más que un fragmento. En unos meses reescribe las memorias de este sabio soberano que favoreció las artes y mejoró la condición de los esclavos.

 

La modernidad del pasado

Sueña, a través de él, con un hombre de Estado ideal, capaz de estabilizar la tierra. Le concede a este griego culto y ambicioso que protege a los árboles amenazados, sus propias preocupaciones ecológicas. Evoca a un hombre que construye su felicidad "como una obra maestra" pero a quien la pasión por el bello Antinoo y el dolor de haberlo perdido harán oscilar hacia un vértigo de inmortalidad en honor al ser amado. Con él comparte Marguerite una sabiduría inspirada de las doctrinas orientales que consiste en prepararse para la muerte, en percibir su perfil y adentrarse finalmente en ella con "los ojos abiertos". Traducido, alabado y comentado, Memorias de Adriano obtuvo un éxito mundial. Opus Nigrum, publicado diecisiete años después, coincidiendo con los acontecimientos de mayo del 68 francés, es también fruto de una larga gestación. Partiendo de una primera novela corta publicada en 1934, es "en dos palabras la historia de un hombre inteligente y perseguido; sucede esto hacia 1569 y podría haber pasado ayer o pasar mañana". Su protagonista ficticio, Zenón, filósofo, médico y alquimista del siglo XVI, es más real para su creadora que muchos otros seres de carne y hueso; lo lleva de la mano, dice, como a un hermano, y está segura de que cuando le llegue el momento de morir, este médico del Renacimiento estará junto a ella.

 

Opus Nigrum está compuesta en un momento en el que ante eso que ella llama "el estado del mundo", el pesimismo del escritor prevalece sobre el optimismo idealista del tiempo de Adriano. En un momento en el que en su abundante correspondencia, envejecida y confrontada al cáncer terminal de su compañera, evoca cada vez más "la atrocidad fundamental de la aventura humana".

 

Sus últimos años estarán marcados por el incremento de su fama, los honores y premios literarios que culminarán llevando a esta soberana, que sus conocidos llaman "Madame", a la Academia Francesa. Sigue escribiendo ensayos, entre otros Mishima y novelas, como Un hombre oscuro, personaje que prescinde de la literatura e ignora la gloria, pero clarividente sin necesidad de palabras.

 

 

En el camino de vuelta

 

 

Su proyecto más ambicioso, inspirado también de los sueños de su adolescencia, se concreta en los tres tomos que componen El Laberinto del mundo, memorias de un género nuevo donde la escritora explora su filiación y la historia de sus antepasados y parientes. Los dos primeros tomos se cierran, como las valvas de una concha sobre la imagen Marguerite, con sólo unos meses, durmiendo sobre las rodillas de su nodriza. En el tercer tomo apenas ha llegado a la pubertad. Publicado póstumamente, este último tomo no fue acabado.

Durante los años que precedieron a su muerte, el 17 de diciembre de 1987, en su isla americana, volvió a viajar, a dar vueltas "por la cárcel" acompañada de un joven americano de treinta años, Jerry Wilson. Cuando éste desapareció prematuramente, víctima del sida, a ella no le quedaron ya fuerzas para continuar sola mucho tiempo, ella que solía decir que sólo se muere de pena. En su juventud había escrito: "Soledad No creo como ellos. No vivo como ellos. No amo como ellos y moriré como ellos".

 

 

31/05/2008 13:10 unmuntdemots #. sin tema

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