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Cuento a tres bandas:¿Qué haces aquí? de Maria, Eli y Toni

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¿Qué haces aquí? Esa pregunta... esa maldita pregunta. Había pasado tiempo, mucho tiempo, para mí incluso una eternidad. ¿Cómo podía alguien recibirme con semejante témpano después de todo lo que habíamos compartido?

Me había preguntado infinidad de veces cómo sería nuestro saludo; había pensado qué diría yo, qué diría él, cómo reaccionaríamos cada uno, qué emociones nos envolverían... y creía que estaba preparada para enfrentarme al reencuentro. Pero esa pregunta... esa maldita pregunta...

Y no es que no me lo esperase.

De él se podía esperar cualquier cosa.

Desde el día que nos conocimos en el parque. Yo tenía seis años y él me pareció todo un hombre, cuando echó al chulito del barrio de los columpios para que yo me pudiese sentar.

Tenía once años. Todo un vejestorio.

Mi príncipe azul.

Solo que, un rato después, mi príncipe azul me bajó a empujones del columpio: "Bajate, niña, que ahora me toca a mí"

Desde luego lo que está claro es que, a su lado, la vida era cualquier cosa menos aburrida.

En cada recuerdo extraño, emocionante o divertido, allí está él. En cada momento extraordinario, en la sucesión de cosas raras en que se convirtió mi vida desde aquel día en el parque, él.

Y ahora, después de tanto tiempo... ¿qué haces aquí?

Lo reconozco. He venido a buscarte.

Y no pienso ir a ninguna parte sin ti.

El teniente del segundo tambor de la legión, Dionisio Huelín-Martínez de Velazco, escupió estas palabras, suavemente, despacio, de manera casi imperceptible con una voz de cazalla, dolor, tabaco, sol y arena, a través de sus labios resecos, mientras recordaba aquél último verano luminoso entre las blancas paredes de casa de Málaga, navegando en la memoria, se perdía por instantes entre cada una de aquellas peligrosas curvas blancas sudorosas, buceaba entre aquellos parajes escondidos, que ahora se escondían tras la anodina y aséptica bata sanitaria de Lucía.

Recordaba el tacto de aquella larga cabellera ondulada, color negro azabache robada a una noche sin luna, prisionera, ahora de un ridículo gorro de quirófano verde-espejismo.

Fijo su insolente mirada legionaria, parapetada tras unas Rayban polvorientas en los grandes ojos negros en forma de almendra y pareció por un momento que quedaran atrapados en el reflejo de sus lentes oscuras.

Su perfume de azahar y tomillo con un ligero toque de orquídeas recién cortadas, volvió a acelerarle un ritmo cardiaco, acostumbrado otro tipo de batallas, mucho menos tormentosas.

El sutil aroma tantos años añorado se mezcló con el desagradable olor a sangre fresca, desinfectante, alcohol y muerte de aquel miserable y abarrotado hospital de campaña en un punto perdido y olvidado en el desangelado mapa de color gris y crema del nordeste de Afganistán.

A veces, la realidad nos teje tramas de las que nos es difícil escapar… sobre todo cuando el centro de tu vida es un príncipe azul que te bajó a empujones de un columpio.

Poner distancia me pareció una buena idea.

Fueron años y años de intensa búsqueda, aquí no, allá tampoco. Búsqueda o huida, había momentos en que esta duda me asaltaba… pero siempre encontré la razón para continuar hacia delante a pesar de no hallar respuesta a ese dilema.

Era consciente de que mi vida no estaba siendo como siempre había pensado que sería… Y últimamente, a menudo, sentía que había entrado en uno de esos Caminos a Ningún Lugar.

¿Qué hay en los Caminos a Ningún Lugar? Soledad. Silencio. Miedo. Mucha niebla, una niebla espesa que lo envuelve todo. Pero sobre todo, ¿qué no hay en los Caminos a Ningún Lugar? Esperanza. Ilusión. Amor. Nunca brilla el sol, no se siente su agradable calor.

Pero un día, por fin, sentí que había llegado a mi destino. Era el Lugar. Era aquel lugar. Estaba convencida de que aquel punto perdido y olvidado en el desangelado y grisáceo mapa del nordeste de Afganistán me permitiría encontrarme. Pero lo que en realidad me había permitido era que él me reencontrase… y me dijese que había venido a buscarme y que no pensaba ir a ninguna parte sin mí.

No lo hizo. ¿Qué haces aquí? Eso es lo que dijo. Pero igualmente no me iría si él. Demasiadas cosas compartidas, demasiados recuerdos. Si bien no parecía el mismo hombre que conocí, la verdad es que nunca era el mismo hombre. Cada vez que lo encontraba era otro. Un nuevo desconocido. Ahora se hacía llamar Dionisio (por dios, ¿de dónde había sacado ese nombre?), hablaba con un marcado acento andaluz y tocaba el tambor en la legión.

¿Qué caminos extraños lo habían llevado hasta allí?

¿De dónde había salido la cicatriz blanca que le cruzaba la mejilla como un signo de interrogación?

No, no parecía el mismo hombre. Nunca había sido el mismo hombre.

Pero esto ya era demasiado.

Sentí deseos de gritarle. De abofetearle. De besarle.

-He venido de cooperante con una ONG. Queremos evitar la destrucción de los budas gigantes -eso fue lo que dije.

Ni más ni menos.

-Ejtá bieng ezo-respondió con su caricaturesco acento andaluz-Tú ciempre preocupándote por loj maj débilej, zi zeñó.-y soltó una risotada burlona.

Lamenté profundamente no haberle abofeteado.

Le di la espalda, aferrando con fuerza la cámara de fotos.

-¿Conoces a ese tío?-me preguntó Marcos, con su más profunda expresión de repugnancia.

-Lo conocí. Una vez. En otra vida. En otro mundo. Pero ya no...

No, ya no lo conocía. Era otro hombre. Pero seguía siendo él. Así que me lo llevaría de allí. Dijese lo que dijese. Sin importar lo que pensara Marcos. Y evitaría que los talibanes destruyesen los budas gigantes. Siempre consigo lo que me propongo.

Aunque, de momento, no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo.

...
(Inacabat) 

 

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